 |
| Yo
decido, tú decides, él decide
|
 |
Crecer
es tomar decisiones, valorando los pros y los contras de cada
situación. Pero no es un proceso automático que se pone en marcha
llegada cierta edad. Es un mecanismo básico que se va aprendiendo
con los años y la práctica. Una habilidad en la que educar a los
hijos.
Una
de las situaciones que más angustia genera en padres y madres
es la necesidad de ir soltando poco a poco las riendas sobre la
vida de los hijos, permitiéndoles tomar sus propias decisiones.
El temor a que se equivoquen y que las consecuencias del error
sean irreversibles lleva a muchos padres a ver a sus hijos más
pequeños de lo que realmente son. Prefieren decidir por ellos,
amparándose en su mayor saber y experiencia, que arriesgarse.
Y,
sin embargo, sólo ejercitando la toma de decisiones puede una
persona llegar a madurar. ¿Todas las decisiones? ¿En qué áreas
sí y en qué otras no? ¿A partir de qué edad? ¿Cómo afrontar las
consecuencias de una decisión equivocada?
Si
fuéramos autómatas, programados desde el nacimiento para ir desplegando
en el tiempo nuestras habilidades, nos ahorraríamos, ciertamente,
un montón de sinsabores. Pero también nos privaríamos de la alegría
de descubrir la manera en que ese hijo, esa hija, va desarrollando
sus propios criterios y depurando un estilo personal para hacer
frente a las exigencias de una vida social en la que va sumergiéndose.
Una
de nuestras más importantes responsabilidades como padres y madres
es ayudar a nuestros hijos a tomar decisiones en las diversas
esferas de su vida, de un modo racional. Un proceso de aprendizaje
que no depende sólo de nosotros, pero que requiere nuestra participación
para llegar a ser efectivo. Si todas las decisiones las tomamos
nosotros (desde el modo de vestir hasta la música que oyen), puede
que no se equivoquen nunca. Por la sencilla razón de que nunca
acabarán de nacer. Les habremos convertido en seres absolutamente
dependientes de sus padres, incapaces de valerse por sí mismos
en el mundo real.
Si,
por el contrario, dejamos que sean ellos quienes decidan en cuantos
asuntos tienen que ver con sus vidas, les estaremos exigiendo
una responsabilidad excesiva, que desborda plenamente sus capacidades.
Nos estaremos negando, por lo tanto, a ejercer una influencia
educativa en sus vidas, dejando en manos del azar el acierto o
error con los que se van construyendo.
Una
de las tareas más apasionantes de esa aventura que es la educación,
consiste en ir aprendiendo a reconocer los indicios que reflejan
su capacidad de gestionar con acierto los pequeños retos con los
que se van encontrando en las parcelas de responsabilidad que
les vamos cediendo. Actitud vigilante, apoyo y refuerzo permanente
tanto de los aciertos como del propio proceso de toma de decisiones,
serán los criterios que han de presidir nuestro papel educativo.
  
|