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Antes
que nada, escuchar |
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La
comunicación es un proceso de acercamiento al otro (ese
hijo, esa hija que a veces nos desconciertan), que exige
de nosotros una escucha paciente. No basta con oír. Hablamos
de asomarse al otro a partir del respeto por lo que desea
transmitirnos. Lo contrario del monólogo en el que a veces
incurrimos.
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Sin
hacernos pasar por “colegas”
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Desengañémonos:
no somos sus amigos. Somos sus padres, sus madres, personas
adultas que han hecho de la paternidad un pilar importante
de sus vidas. Les queremos de manera incondicional, asumiendo
que nuestro amor pasa, en parte, por confrontarles con las
normas sociales.
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Expresando
nuestros sentimientos |
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Debemos
mostrarles cuánto les queremos, lo importantes que son para
nosotros. Sin temor a manifestar nuestros sentimientos con
la palabra y el gesto. Sin caer en la cursilería, ni quedarnos
en la sobriedad de quienes, por dar por supuesto que sus
hijos ya saben que se les quiere, renuncian a decírselo.
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Sin
dejar de ser una referencia |
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Debemos
hacerles partícipes del modo en que nos posicionamos ante
la realidad. La negligencia (“ya le educan en el cole”),
o la permisividad (“que haga lo que quiera”), nos anulan
como interlocutores, y deja en manos del azar su exploración
de la realidad. Compartimos con ellos los valores importantes
de nuestra vida, no para que los absorban acríticamente,
sino para que los usen como referencia para ir creando los
suyos propios.
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Una
sola referencia |
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Padre
y madre somos dos personas con elementos comunes y no pocas
diferencias. Y así, ya la propia vida familiar constituye
un aprendizaje de la pluralidad que caracteriza la vida
social. Pero en las cuestiones referentes a la educación
de los hijos, hemos de hablar con una sola voz. Resolvamos
en la intimidad nuestras distancias y démosles mensajes
claros y compartidos.
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Imposible
no comunicar |
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Nuestras
conductas hablan más alto y más claro que nuestra voz. Nuestros
hijos captan inmediatamente cualquier contradicción entre
ambas, lo cual merma nuestra credibilidad. El “haz lo que
yo diga y no lo que yo haga”, no es precisamente una propuesta
educativa. Para tu hijo cuentan tanto tus palabras como
tus actos.
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Conocedores
de nuestras expectativas |
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Tienen
que conocer lo que esperamos de su comportamiento, las normas
que regulan la vida familiar (la “Constitución” que en nuestra
familia hemos establecido), y las consecuencias de su posible
transgresión. Las expectativas paternas son una guía positiva
y referente para la conducta de los hijos que aprenden así
que no todo da igual.
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Pronunciar
con acierto el “no” |
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Se
habla en nuestros tiempos de la “tiranía” que muchos hijos
ejercen sobre sus confusos padres. Padres y madres que,
con la mejor de las voluntades, se sienten incapaces de
negar algo a sus hijos, perdiendo de vista que les están
incapacitando para afrontar la vida real.
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Nos
deben interesar sus amistades |
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Necesitamos
saber cómo se relacionan con sus amigos y amigas. Debemos
mostrar una saludable preocupación por conocer sus habilidades
para hacer y mantener amigos, si se comportan con ellos
de manera positiva, y si en sus relaciones sociales actúan
de acuerdo con los valores en que intentamos educarles.
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Y
su vivencia del tiempo libre |
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Conocer
cómo disfrutan de su ocio y ser parte importante de ese
disfrute. Frente a la imagen habitual de padres ausentes,
demasiado ocupados para “perder” el tiempo con sus hijos,
padres y madres que gozan de su compañía.
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Ayudarles
a disfrutar del saber |
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A
valorar el esfuerzo y la disciplina que el aprendizaje requiere.
Actitudes que no nacen espontáneamente, sino que vamos ayudando
a modelar a partir del interés que manifestamos por su estudio.
Sin limitarnos a reprenderles cuando su rendimiento académico
no se ajusta a nuestro deseo.
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Y
a desentenderse de las drogas |
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Ayudamos
a nuestros hijos a que se quieran a sí mismos y se relacionen
con los otros con respeto, a que valoren ciertas normas
y aprecien el acceso al saber y el disfrute positivo de
su ocio. Y esperamos que estas actitudes y valores les sirvan
para adoptar un estilo de vida en el que las drogas no tengan
cabida.
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